DAHSHUR Y MENFIS, DOS VISITAS IMPRESCINDIBLES AL SUR DE EL CAIRO

A una distancia máxima de poco más de 40 kilómetros de El Cairo, en dirección sur, nos encontramos con pirámides tan impresionantes y ancestrales como las de Saqqara y Dahshur, pero también con las ruinas de Menfis, ciudad que llegó a ser capital del imperio más poderoso de la antigüedad: el egipcio.

Es totalmente comprensible que la Gran Pirámide de Guiza sea la primera imagen que acuda a nuestra cabeza cuando alguien nos menciona la palabra “Egipto”. Sin embargo, las pirámides que encontramos en Dahshur son más antiguas que la que ha sido coronada como una de las maravillas del Mundo Antiguo. No es ese el dato que las convierte en un lugar imprescindible que visitar en un viaje por la tierra de los faraones: su belleza monumental, su aislamiento y la posibilidad de explorar su interior al más puro estilo Indiana Jones pesan más que la cuenta de los años.

No lejos de allí, las ruinas de la antigua Menfis aún nos recuerdan el esplendor de la urbe fundada, hace más de 5.000 años, en una localización estratégica: la entrada del Valle del Nilo, cerca de la llanura de Guiza.

Ambos lugares se pueden visitar en una excursión de un día desde El Cairo. Un plan totalmente irrechazable.

La pirámide acodada o romboidal de Dahshur

Si comenzamos nuestra aventura por el punto más lejano de nuestra ruta, visitaremos primero la necrópolis de Dahshur. Allí nos esperan dos pirámides principales –la roja y la acodada– y otra medio derruida: la negra.

La acodada no es lo que esperas ver en la fotografía perfecta de una pirámide. Notas que hay algo que no encaja desde el primer momento que la ves. Y es que, esta fue un experimento fallido realizado por los arquitectos de Seneferu, primer faraón de la dinastía IV y padre de Keops (quien mandaría construir la Gran Pirámide de Guiza bajo su reinado).

Los hombres de Seneferu empezaron a construir la mole de piedra con un ángulo de 60 grados, lo que causó que la estructura fuera altamente inestable. Cuando ya habían levantado 47 metros de la misma, tuvieron que cambiar el ángulo de inclinación de la parte final, reduciéndolo a 43 grados. La estructura alcanzó los 105 metros de altura y fue revestida de piedra caliza (cobertura que hoy en día conserva casi hasta la mitad de su estructura).

En el interior de la pirámide acodada

Desde el exterior, el aspecto de la pirámide acodada es realmente llamativo, pero no hay nada comparable a la exploración de su interior. No hay una experiencia mejor para sentirnos como en una película de aventuras.

En 1965, debido a la aparición de preocupantes y masivas fisuras, el interior de la pirámide fue cerrado al público. Reabrió sus puertas en 2019, ofreciendo los secretos de sus entrañas a todo aquel que reúna el valor para adentrarse en ellas.

Primero debemos ascender unas escaleras exteriores –de madera– creadas para la ocasión, pues la entrada a la pirámide no se encuentra a ras de suelo, sino a unos 15 metros de altura.

La cavidad de entrada es pequeña por lo que, desde el primer momento, debemos agacharnos para descender un pasadizo de unos 200 metros de longitud –aunque parece interminable– en el que el calor resulta asfixiante.

Finalmente llegamos a una estancia de techos altos, donde una básica escalera fabricada en tiempos modernos nos permitirá ascender varias alturas. Después todo se vuelve aún más estrecho.

Tras arrastrarnos a lo largo de dos angostos túneles, llegamos a la cámara funeraria. Aquí no hay sarcófago o pinturas en las paredes, pero sí una importante colonia de pequeños murciélagos que no quieren ser molestados.

Sabiendo que solo conocimos una parte de esa enorme tumba, es inevitable preguntarse cuántas cámaras secretas habrá y qué clase de tesoros escondidos oculta el lugar.

La pirámide roja

Los ingenieros de Seneferu aprendieron de sus errores y en la pirámide roja, la otra protagonista del complejo de Dhashur, sí que ajustaron bien los ángulos desde el principio. El resultado es la típica pirámide que todos tenemos en la cabeza. De hecho, los historiadores y arqueólogos defienden que es la primera que tuvo esa forma, sentando el precedente para las posteriores. Además, la pirámide roja es la tercera más grande de Egipto, siendo superada solo por las de Keops y Kefrén.

Recibió su apodo por su tono rojizo, aunque no siempre fue así. Antiguamente, al igual que ocurrió con la acodada, toda la pirámide estaba revestida de piedra caliza blanca, pudiéndose apreciar aún en la base. Esa caliza fue arrancada durante la Edad Media para construir edificios en El Cairo. La capa de debajo era piedra caliza roja.

Adentrarse en el interior de la pirámide roja supone una aventura muy parecida –aunque algo menos extrema– a la vivida en la acodada. Es decir, se trata de un reto no apto para claustrofóbicos, pero que concede la recompensa de sentirnos como verdaderos arqueólogos.

La pirámide negra

Solo quedan las ruinas de ella, pero la pirámide negra tiene el honor de ser la primera levantada en Egipto para servir de morada final tanto al faraón como a sus reinas. Fue construida por el faraón Amenemhat III en el Reino Medio, hace unos 3.800 años, y su nombre deriva de su apariencia oscura y decadente.

Se derrumbó debido a dos razones principales: que estaba hecha de adobe en lugar de piedra tradicional (aunque, como sus hermanas, estaba revestida de piedra caliza) y por su baja elevación, lo que permitió que el agua del Nilo se filtrara por sus paredes, agrietando la estructura y haciéndola caer.

El entorno de Dahshur

La magia de Dahshur no viene dada solo por las pirámides, sino también por las arenas de ese desierto insondables que las rodea. Las de Guiza son maravillosas, pero pierden algo de su encanto cuando vemos un Pizza Hut a escasos metros de su entrada y nos encontramos asediados por vendedores de baratijas, domadores de camellos, portadores de carros y demás personas que intentan, como buenamente pueden, sacar su jornal gracias a los turistas que visitan la ancestral necrópolis.

En Dahshur todo es paz y apenas encontrarás viajeros, no siendo complicado encontrarte totalmente a solas en el interior de las pirámides. Eso es algo que marca la diferencia de manera abrumadora. Por unos instantes, podremos transportarnos mentalmente a un mundo largamente perdido y olvidado, donde Egipto era el sol y la luz de un mundo en tinieblas.

Ruinas de Menfis, antigua capital de Egipto

Faro de ese mundo fue también, durante largos siglos, la ciudad de Menfis. En el camino de regreso de Dahshur a El Cairo, las ruinas de la antigua ciudad egipcia te esperan agrupadas bajo la figura de un museo al aire libre.

Construida en torno al 3100 a. C., Menfis, que fue capital del Imperio durante más de un milenio, era conocida por sus grandiosos templos y pirámides, así como por sus enormes estatuas y obeliscos. La ciudad continuó prosperando hasta que finalmente fue abandonada alrededor del año 1100 a. C.

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Al explorar el museo al aire libre de Menfis, habremos perdido la atmósfera mística de Dahshur, pues aquí sí que hay puestos de venta y, normalmente, un buen número de turistas. Sin embargo, merece la pena admirar el resultado de las excavaciones realizadas, a mediados del siglo XIX y principios del XX, por arqueólogos de la talla de Auguste Mariette y Sir Flinders Petrie.

El extenso terreno está salpicado de antiguos edificios egipcios meticulosamente reconstruidos, incluidos templos, tumbas y estatuas.

La colosal estatua de granito de Ramsés II, pieza central del museo, es un testimonio de la grandeza del antiguo Egipto, mientras que la Esfinge de Alabastro cautiva por su tamaño y significado histórico a la vez que sigue en su lugar original, guardando la entrada del Templo de Ptah, dedicado al dios de los artesanos y arquitectos.

La tumba del faraón Horemheb también es una visita obligada, presentando intrincadas tallas y pinturas que representan la vida y las creencias del antiguo Egipto. Además, el museo presenta una variedad de estelas y estatuas de deidades y figuras notables de la historia del antiguo Egipto.

Una historia fascinante que nos habla de una época largamente olvidada.

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