RUTA POR EL ARTE URBANO DE MADRID

La radio daba la noticia: se ha encontrado un grafiti de Muelle en la pintura de un edificio en obras en la madrileña calle Cava Alta, en La Latina. Los vecinos se han movilizado, porque el muro donde estaba se iba a derribar, y finalmente, la Comunidad preservará la firma del famoso artista de La Movida.

Quedan pocas obras suyas que puedan verse: hay una en una esquina de la calle Montera y otra en la antigua cárcel de Yeserías. Aparte, la capital tiene una plaza que lleva su nombre, Juan Carlos Argüello, Muelle. Porque los grafiteros tuvieron una época en la que eran perseguidos y multados, y otra posterior en la que sus obras pasaron a ser reconocidas.

Todo eso y mucho más cuenta Javier Abarca en su libro 'Guía del arte urbano de Madrid' (Anaya Touring). Abarca sabe bien de lo que habla porque fue uno de los pioneros del grafiti patrio y, además, impartió durante 10 años la primera asignatura universitaria dedicada a este campo.

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La guía es un recorrido de las distintas épocas históricas de Madrid a través de sus grafitis, no hablamos de una mera compilación de obras 'per se', sino que se contextualizan según el momento histórico en el que se crearon, lo cual le da un valor extra. En los inicios, y durante décadas, el grafiti fue arte furtivo (se conservan muy pocas huellas de aquellas obras, como decíamos al principio) y en los años más recientes, el arte urbano ha abrazado trampantojos y murales, aunque no sea lo mismo.

El colectivo de artistas activistas El Cubri pintando un mural político en el barrio de Portugalete Cortesia: Museo Reina Sofía. Colección Archivo Lafuente

Hay miles de anécdotas recogidas en la obra, como que Alberto Ruíz Gallardón fue uno de los alcaldes que será recordado por su lucha contra el grafiti. “A finales de 2007, Gallardón anunciaba una nueva campaña antigrafiti que incluía un incremento de las multas y el dúo de grafiteros Desviados decidió responderle con un paródico retrato. Lo pintaron en tres días sobre un muro de 25 metros junto a una escombrera”, cuenta el autor.

Unas semanas después, un medio se hizo eco de dicho grafiti y a las pocas horas dos excavadoras municipales acudían a echar abajo ese muro. Pero los grafiteros no cejaron en su empeño en dejar mal a la autoridad: dos meses después volvieron a pintar un mural aún más grande en el que también salían Ana Botella y Esperanza Aguirre, que habían protestado públicamente por la primera pintura. La prensa volvió a informar del asunto sin revelar en esa ocasión dónde se encontraba la obra. Lo anecdótico fue que uno de los miembros de Desviados ganó un premio en un concurso municipal que tenía una categoría especial dedicada al grafiti: Gallardón le entregó un diploma y un cheque de 3.400 euros sin sospechar la identidad del premiado.

Demolición con obras de Remed y 3ttman Cortesía: Miss Kaliansky

Otra curiosidad que recoge Abarca: podemos considerar el grafiti como algo moderno, pero ya en los muros de ladrillo de los jardines de Aranjuez se conservan firmas de los soldados destinados a palacio en los siglos XVIII y XIX, ¿acaso no pueden ser consideradas estas rúbricas como grafitis?

Que no crea el lector que encontrará esas obras de las fotos del libro en las calles de Madrid: quedan pocas, muy pocas, pero por eso precisamente este reconocimiento en formato libro es más que necesario. En la actualidad verá más murales y trampantojos, a menudo costeados por empresas o por las propias instituciones públicas. Como dice el autor “La ciudad está viva y cambia siempre y el arte furtivo cambia con ella. Hablar de la historia del grafiti es hablar de memorias”.

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